CUIDADO CON LAS "HEMBRISTAS"

 

Los hombres de esta Civilización en Transición se han visto orillados a vivir un hecho toral en la historia de la humanidad, un hecho que por importancia se coloca por encima de los grandes inventos, de los grandes avances científicos y los asombrosos logros tecnológicos.

 

Al principio con rabia, mucho después sólo con enojo, poco después con asombro y actualmente en vías de adoptar el saludable compañerismo; desde hace unos cuantos años (“unos cuantos” en función de los milenios de historia y prehistoria del hombre en la tierra) hay cada vez más hombres que se solidarizan con la causa, la emancipación, la búsqueda de justicia de la mujer ante el hombre.

Hoy, y cada vez con mayor ahínco y entrega, las mujeres estamos en plena operación y faena de encontrar condiciones de vida igualitarias en derechos, justas en obligaciones y plenas en las relaciones femenino-masculinas. Nótese que dice plena operación y faena, no dice plena lucha ni en pie de guerra.

Gracias a los logros de esta operación y faena, los machos van en retirada y están siendo sustituidos, aunque todavía con exasperante lentitud para los deseos de las mujeres, por verdaderos hombres, por especimenes masculinos que están dispuestos, no a demostrar que lo son, sino que pueden alcanzar con dignidad el título de reyes de la creación.

Espero que se note que, hasta este momento, no he utilizado la palabra feminista. Esto es porque el término se ha visto ingratamente afectado por un sector de mujeres que, enarbolando la ya dudosa bandera de la liberación femenina, se han constituido en verdaderas hembristas, es decir, el equivalente de los machistas.

La hembristas le han declarado la guerra al género masculino. Con el alma envenenada de revanchismo y el corazón amargo y seco, parlotean incesantemente en contra de los inútiles hombres, de sus limitaciones, de sus injusticias, de su estupidez de mantener al mundo en guerra... se refieren al hombre como el peor ser de la creación. Con esta actitud, las más acérrimas enemigas de las mujeres vienen a ser las hembristas.

Las mujeres que realmente buscan una posición justa ante el varón, lo hacemos mediante un intenso trabajo personal, una laboriosa toma de conciencia, un doloroso crecimiento interno y, cuando se sienten satisfechas de los logros individuales, comienzan con su valor de concientización de ese prójimo llamado hombre; sin enojos, sin grandilocuencias, sin rencores, sólo con ejemplo y comprensión que, al fin y al cabo, es una parte de lo que buscamos.

 

Para que la discriminación de cualquier tipo desaparezca del orbe, es indispensable dejar atrás los odios, las hostilidades encubiertas y las dañinas amarguras. Si el negro se liberó para discriminar al blanco, si el pobre se enriquece para empobrecer al rico, si la mujer se emancipa para someter al hombre, el problema de la discriminación es todavía insoluble y las batallas pueden ser crudelísimas.

Por ello, señores varones, cuando estén frente a una mujer que se dice a sí misma feminista, obsérvenla muy bien, pongan atención a su discurso y diluciden si es realmente una feminista o es sólo una hembrista. En el primer caso, apóyenla por el bien de todos, por el avance de la humanidad; en el segundo, reléguenla al archivo de Asuntos sin Importancia y no se pierdan de la amistad con el 52% de los habitantes de este planeta.

 

     Bela Luly