EL PALADAR X EN EL MUNDO DEL VINO

  

 

 

El paladar “X”

 

 

La historia es la misma en todas partes: los consumidores jóvenes no se sienten atraídos por el vino porque el producto no les comunica frescura ni modernidad. En el mejor de los casos, lo ven como algo distante, difícil de entender y muy estirado. Las marcas suelen referirse a castillos medievales, damas y caballeros del siglo XIX, y santos y santas del mundo católico. Para la mayoría de ellos, la bebida se ajusta perfectamente al mundo de papá y mamá. Adicionalmente, los jóvenes desconocen la jerga de los degustadores experimentados y no entienden muy bien aquello del maridaje con la gastronomía. Por tal razón, se sienten mucho más próximos a las marcas de refrescos, cervezas y mezclas de ron y vodka, en las que encuentran afinidad con sus formas de vivir, sentir y pensar.

 

Ante el sombrío panorama, algunas empresas vitivinícolas tradicionales han decidido conquistar abiertamente el novel segmento, rompiendo, en muchos casos, con la imagen tradicional de la bebida.
Según análisis recientes, la primera gran barrera es la cantidad de cepas y marcas disponibles en el mercado, provenientes de un creciente número de países productores, tanto del Viejo como del Nuevo Mundo.
Una persona entre los 20 y los 25 años, por ejemplo, suele centrar sus preferencias en dos o tres marcas de cerveza y nada más. Pero si se fija en un producto como el vino y en una cepa como la Merlot, debe seleccionar entre treinta marcas y estilos diferentes. De manera que su decisión se torna compleja y la posibilidad de elegir se esfuma.

 

 

En particular, la Unión de Productores de Burdeos y de Burdeos Superior sacó al mercado una línea de tres productos en los que no se hace alusión a la variedad o variedades de uva (y menos al terroir de origen), sino a nombres que evocan sensaciones: blanc excitant, rosé complice y rouge fusion, por ejemplo. Y para que la decisión de compra dependa más del instinto que del análisis sensorial, las contraetiquetas de cada botella no recomiendan platos, sino momentos especiales para su consumo como luz tenue, música sensual y compañía del sexo opuesto.
Otra batería de vinos franceses, que acaba de hacer su incursión en el mercado estadounidense, presenta marcas como Los Tres Bandidos, cuyas etiquetas exhiben humeantes agujeros de bala, como en el Viejo Oeste.
Nuevos productores como Richard Branson, de Virgen Airlines, recurre al envase de plástico y al pack de cuatro unidades. Y los australianos y argentinos promueven los recipientes de lata, mientras que firmas francesas de larga data, como Boisset, transforman el concepto de las cajas de cartón, convirtiéndolas en objetos con atractivas formas y colores.
En América Latina, la casa O. Fournier, con viñas en España y Argentina, ha creado el sello Urban, con fotografías modernas en las etiquetas. “Es una manera de conectarse con el consumidor de los nuevos tiempos y de asegurar un mercado futuro”, dice José Manuel Ortega Fournier, presidente de la empresa.
La misma firma Concha y Toro, una de las más antiguas de Chile, ha introducido modificaciones de fondo en su marca Trío para privilegiar condiciones humanas como la atracción, la profundidad y la sensualidad por encima de las variedades que componen el vino.
Y para orientar a los nuevos bebedores han aparecido, incluso, publicaciones como la revista Wine X, que utiliza imágenes de jóvenes con cabello teñido, tatuajes y ropa provocativa. Para describir los vinos, Wine X emplea un lenguaje directo y repleto de modismos juveniles.
El telón de fondo de todo este movimiento es acabar con el concepto de que el vino requiere todo un montaje para beberlo. La nueva tendencia se circunscribe al aquí y al ahora, porque, dentro de la mejor lógica juvenil, no hay tiempo para perder.

 

 

 

        Por Hugo Sabogal, GATOPARDO JUNIO DE 2006